Quemando billetes en recesion
La figura es exacta, aunque el titular es malo, pero merece una felicitación el autor de la producción de ésta portada de AM New York, un periódico gratuito que se regala en la boca de los trenes de Nueva York, también en algunas cajas regadas por la ciudad, y en algunas calles de Nueva Jersey, porque es la metáfora exacta de la desfachatez de los funcionarios de AIG, que se adjudicaron 165 millones de dólares mientras miles de norteamericanos están sin empleo y sus impuestos han servido para que se regalen millonarias primas a sus ejecutivos.
La imagen en realidad pertenece al pasado, a la fiebre de la bonanza, pero se corporiza al revés,en ésta época de crisis. Es inexplicable, casi patólogico, en un momento de crisis, gastar millones del plan de rescate en arreglar oficinas, baños, o repartirse el dinero entre los ejecutivos. Es una fiebre en el sentido equivocado. No se porqué le llaman fiebre, pero algo tiene que ver con el exceso. Este tipo de fiebre en época de bonanza era explicable, comprensible, hasta cierto punto humano. La gente quemaba, en una especie de ritual, la pobreza con el símbolo de la riqueza: los billetes. Así sucedió durante la fiebre del oro, entre 1848, con los mineros de California, los Forty-Niners, que encontraban riqueza fácil: en seis semanas podían ganar lo que en seis años. Otros se bañaban en petroleo, como en Texas, en los 1900 y algo, cuando sucedió el Boom del Petroleo. También los pescadores que en los años de 1960, vivieron en boom de la harina de pescado en Chimbote, en el Perú, que hacían, como en otros lugares, la gracia -una majadería hoy, en tiempos de crisis- de prender cigarrillos con los billetes de más alta denominación del mercado.
En fin, creo que su castigo va a estar escondido en la conciencia de cada uno, minándoles día a día en su interior.
Pongo un ejemplo extremo, sólo para hacer ver la fuerza del remordimiento. Le sucedió al fotógrafo sudafricano Kevin Carter con la foto que ganó el premio Pulitzer de fotografía en el año 1994: un buitre esperando que un niño sudanés agonizante exale el último suspiro para caer sobre su víctima. Miles le preguntaron porque no levantó al niño y lo salvó. Carter terminó suicidándose en julio de 1994, a los 33 años. No pudo vivir con ese peso.








